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Iván
Hernández - Revista Cromos,
Diciembre 18 de 2000
Santa Fe de Antioquia, una de
las poblaciones de Colombia
donde se han rodado más
películas en la historia, es la
sede de un nuevo festival de
cine que no le come cuento a las
vedettes ni a los artificios.
Dirigido por Víctor Gaviria, su
credo es lo natural y su imagen
es la de la provincia. Allí
estuvimos y así lo vimos.

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El Festival de Cine de Santa
Fe de Antioquia, celebrado
del 7 al 10 de diciembre, no
fue un festival como los
demás. La gente no fue a ver
las estrellas de cine sino
las del cielo en los
escenarios al aire libre.
Las proyecciones no se
hicieron para críticos
ceñudos sino en los parques,
sobre las fachadas de
edificios centenarios o en
el cementerio. Las películas
no reprodujeron exóticos
paisajes sino el mismo lugar
donde estaban sentados los
espectadores. Las vedettes
no estuvieron custodiadas
por guardaespaldas sino
caminando en bermudas por la
Calle del Medio como
Humberto Dorado, tomando
jugos en las esquinas como
Ronald Ayaso, revoloteando
con una toalla roja al
cuello como Carolina
Trujillo o llorando
conmovida en su traje
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Hasta los reclusos
de la cárcel
municipal
participaron del
festival. En una
celda disfrutaron La
deuda, de Nicolás
Buenaventura. |
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de pantera como Vicky
Hernández.
Es que Santa Fe de Antioquia
no es una sede como las
demás. Esta ciudad colonial
está más acostumbrada a
protagonizar las películas
que a verlas. Desde que se
rodaron algunos fotogramas
de Bajo el cielo antioqueño,
la producción pionera del
cine colombiano, allí se han
realizado más de veinte
películas. Aun
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así no tiene un solo teatro,
y su gente se pregunta si la
Luna de Meliès es de verdad
y no cree que el Polo Norte
de Nanook exista. Para los
santafereños el cine es más
bien un asunto de tres
dimensiones. Incluso las
mismas realizaciones, como
La casa de las dos palmas,
en las que han aparecido
recitando parlamentos de una
línea, corriendo, o
simplemente haciendo bulto,
ni siquiera las habían
visto.
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El festival se trataba
precisamente de eso,
de que las vieran. La
idea se le ocurrió al
director Víctor
Gaviria, un enamorado
de la región, quien
nació en la cercana
Liborina, y ha filmado
también allí dos
películas: Los músicos
y Que pase el
aserrador. La
respuesta fue
maravillosa. Los
habitantes se montaron
a ese bus de la
imaginación y
estuvieron cuatro días
en un juego de
espejos, donde la
fachada de la iglesia
de La Chinca reflejaba
en otra dimensión la
misma iglesia, donde
el niñito de al lado
era el mismo
protagonista de La
edad de Hielo, donde
la sala de San
Antoñito, de Pepe
Sánchez, levantaba
suspiros al ser
reconocida mueble por
mueble.
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A falta de
teatros, las
plazas y los
parques se
convirtieron
en salas de
cine. |
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Mientras avanzaba el
festival, se iba
afirmando la sensación
de que el cine allí no
está en las pantallas.
Es que desde que se pisa
la primera piedra de sus
calles se empieza a
protagonizar una
película en la
monumental escenografía
que es todo Santa Fe.
Sólo que aquí las
fachadas no son de
cartón sino de piedra y
tienen casi 400 años. La
utilería no hay que
rehacerla sino buscarla
en sus túneles del
tiempo. Como la inmensa
casona de José María
Córdoba, de dos pisos,
un patio central, techos
empolvados de dos
metros, aguamaniles con
agua de hace dos siglos,
piezas comunicadas,
camas con recuerdos, una
foto de Mariano, el
presidente, otra de
Marianito, el santo, y
la soledad en silla
mecedora de doña Pepa,
su única habitante. O la
casa de doña Lola
Restrepo, donde vivió un
sacerdote, durmieron
centenares de campesinos
y murió un día sin
avisar su marido
dejándola con la piel
joven y una hija de seis
años. Desde entonces
nada ha cambiado, a no
ser la piscina que ahora
ocupa lo que fue una
caballeriza y parece un
extraterrestre azul y
brillante perdido en los
ocres del siglo XVIII.
LA GENTE DE SANTA FE DE
ANTIOQUIA ESTÁ
ACOSTUMBRADA A
PROTAGONIZAR PELÍCULAS.
ACTORES, TÉCNICOS Y
PRODUCTORES NATURALES
NUNCA FALTAN.
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Actores, técnicos,
productores silvestres
tampoco faltan. Don
Marucho, el más
veterano, a sus 80 años
tiene todavía la marca
del hijo natural, de la
soltería eterna como la
de todos los genios que
admira, la nostalgia de
Tarzán de los Monos
cuando no gritaba. Y en
cada momento está
dispuesto a predicar y
ejercer la regla dorada
del método que le enseñó
hace 27 años Ciro
Linares para debutar
junto a Ronald Ayaso en
El manantial de las
fieras: "No mire a la
cámara, haga como si
nada y, sobre todo, no
se rasque". Con esa
técnica y muchas arrugas
más ha seguido
sobreaguando en varias
producciones hasta La
deuda, de Nicolás
Buenaventura. También
hay productores
hiperquinéticos como
César, un peladito
de 15 años,
pantalones plateados
y gestos adultos que
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le puede conseguir
desde un baúl hasta
una pinza del siglo
pasado sin perder
nunca la sonrisa
infantil en su cara
morena. Y por
camarógrafos, no se
preocupe, hasta los
policías como Mazo,
de 18 años, gomoso
del celuloide,
técnico del
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Víctor Gaviria,
presidente del
Festival, ya
está pensando en
la segunda
versión. |
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canal Santa Fe y
obseso de los
premios, saben
manejar la
profundidad de campo
como profesionales
aun en las horas de
guardia.
Por eso en Santa Fe
siempre se están
disparando las
películas, así nadie
presione el
obturador. La noche
del homenaje a los
actores, por
ejemplo, saltó una
en el aire. Todo el
pueblo estaba
reunido al frente de
la iglesia de Santa
Bárbara esperando a
que empezara el
evento. Sin embargo,
llegó la
protagonista de una
película alterna.De una
carroza se bajo una
rubia encorsetada, con
un vestido blanco y
bucles renacentistas y
entró a la iglesia
seguida de varias niñas
de terciopelo rojo y
mofletudas como Cupido.
Sí, era una boda. La
ceremonia demoró tres
horas mientras un coro
de hombres y mujeres de
blanco cantaban con voz
aguda canciones
extáticas y se
contorsionaban en sus
atuendos angélicos. El
evento del festival, por
supuesto, debió
posponerse hasta la
salida de los novios,
mientras el público pudo
presenciar en sus sillas
de teatro una de esas
películas en tercera
dimensión a las que
están acostumbrados.
Finalmente, los novios
salieron, les tiraron
arroz, mientras un
maestro de ceremonias
los felicitaba por
altoparlante "en nombre
del Festival de Cine".
El extraño fotograma de
la boda parecía robado
de alguna película
italiana o incluso de la setentuda Hair. Y los
cinéfilos del lugar
comprendieron el guiño
de la vida, del cine, de
la exuberancia del clima
caliente o de todo ello
junto que es lo que se
mezcla de una manera
irrepetible "bajo el
cielo" de Santa Fe de
Antioquia. La magia de
esta coincidencia hizo
que Carolina Trujillo
pareciera más levitante
que Francisca María
Muriel, Vicky Hernández
más rugiente, Fernando
Laverde más filósofo,
Víctor Gaviria más
bonachón y todos más
felices. Al otro día la
función se repitió
apoteósica con más de
mil quinientas personas
en la plaza mayor para
despedir este sui
géneris festival que, al
contrario de los demás,
no se la juega al
artificio sino a lo
natural, casi como a una
religión. Sin embargo,
la palabra "Fin" no
apareció en la claqueta.
La idea es que este
evento continúe y el año
entrante estará dedicado
a las películas
iberoamericanas sobre la
Conquista. Santa Fe,
esta gran dama española,
seguramente sabrá
vestirse para la
ocasión.
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