Andrés Caicedo no es un invitado presencial, pero en esta versión del Festival queremos rendirle homenaje a él y el legado cinematográfico que dejó.
“El lunes comienza el domingo, cuando después de ver El acordeón del Diablo vamos por el muelle de Los Pegasos y alguien canturrea dos versos de una salsa vieja: "Hay fuego en el veintitrés". Pregunto la hora. Responden que son las doce y les digo: "Adivinen quién está cumpliendo veinticinco años de muerto hoy". Acatan de inmediato: "Andresito", dicen, y sus voces recorren el espectro de sentimientos que hay entre la admiración y la ternura. Lo veo caminar entre los pegasos estáticos, perdido en la penumbra. Cabello largo, ojos de muchacho con demasiados caminos, escribiendo siempre, susurrando aquella salsa.
El 4 de marzo de 1977 Andrés Caicedo se suicidó con sesenta pastillas de Seconal en su apartamento de Cali. Sus dramas de ese momento incluían el no haber podido venir a Cartagena para el Festival. Tenía veinticinco años y ya había escrito la literatura más importante de su generación y la crítica de cine más autorizada y entusiasta, e iba a hacer muchas películas, muchas obras de teatro, muchos libros. El problema era que habría seguido envejeciendo, como nosotros que ya somos mayorcitos que él, y en él la vejez constituiría traición”
(César Alzate Vargas, en: "Querido Marlon. Un viaje positivista de viaje". Kinetoscopio 62 -Medellín, junio del 2002).
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Angelita y Miguel Ángel
Directores: Andrés Caicedo y Carlos Mayolo 1972 Esta adaptación de la novela Angelitos empantanados fue interrumpida hasta mediados de los años ochenta, cuando la retomó y terminó Luis Ospina.
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Andrés Caicedo: unos pocos buenos amigos
Director: Luis Ospina. Documental. 1:40. 1986 Este documental producido por Focine constituyó el primer acercamiento a la personalidad de Andrés Caicedo. El título es un homenaje a la forma como Andrés remata su novela Que viva la música: "Si dejas obra muere tranquilo, confiando en unos pocos buenos amigos". En medio de las entrevistas Ospina reconstruye el cortometraje Angelita y Miguel Ángel co-dirigido junto a Carlos Mayolo y que nunca fue acabado por discrepancias entre los realizadores. Allí no sólo vemos el testimonio acerca del ascenso y caída de nuestro héroe (tal era la idea que manejaban las novelas del siglo 19 tipo Barry Lyndon), sino que está retratada toda una generación bautizada como "El grupo de Cali" o "Caliwood".
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Un ángel del pantano
Director: Oscar Campo Documental. 1 hora 1998 Guillermo Lemos fue un entrañable amigo de Andrés Caicedo. A él le dedicó su cuento El atravesado y conformó junto a su hermana Clarisol (a quien le dedica Que viva la música) una pequeña tropa con la cual se escapaba hacia las poblaciones aledañas a Cali. Andrés era mayor que la pareja de hermanos (a Guillermo le llevaba unos siete años y a Clarisol once). Fueron fundamentales en la vida del escritor. Representaban una de sus obsesiones: la idea de que los niños pueden corromper a los adultos. En una de sus cartas le relata al crítico español Miguel Marías: "No sé si Isaac León te habrá contado de mis cuitas, de mi amor hace ya cuatro años, con una niña de 12 (es decir, cuando la conocí ella tenía 8 y yo 19), del auténtico proceso de corrupción de mayores que se ha venido dando desde entonces... o sea que pasé mis días en los bosques, sin dedicarme a otra cosa que a ser devorado por Caperucita".
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Calicalabozo
Director: Jorge Navas Video-Arte 1:40. 1997 Calicalabozo fue, en su momento, beca en la modalidad de videocreación. Y se rodó justo cuando Andrés Caicedo cumplió 20 años de muerto; es decir, en 1997. Su director pertenece a la nueva cochada de la Universidad del Valle, formada en el espacio "Rostros y Rastros". Es un joven que estaría en el jardín infantil cuando Andrés se suicidó. Primero digamos que es una película polifónica muy en la onda del híper-texto del cine de hoy (podríamos rotularle la chapa de película post-moderna, pero dejémosla ahí). La obra de Andrés Caicedo se distingue, en primera instancia, por quererlo abarcar todo, de prisa, de una. El lector no debe tener respiro. Pero ese asalto al lector no sucede como en los videoclips, sino al revés. Sucede en la mesura. Su obra es, paradójicamente y aunque suene contradictorio, apresurada y mamotrética. Densa. Y es ahí donde Jorge Navas se apunta el primer acierto. Logra crear una atmósfera del encierro gracias a un blanco y negro exquisito, una textura casi como si la cinta fuera una lata oxidada.
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